Mándanos pastores valientes y fieles a ti, Señor

02/01/2022

Ante la pendiente destructiva que amenaza a nuestra nación y al pueblo cristiano -y aun a Europa y todo Occidente-, y el desmantelamiento moral, el desplome espiritual y la ruina material que nos afligen, Señor, te suplicamos que envíes obreros a tu mies. Envía a España, y a una Europa indolente, profetas que nos adviertan, entendidos en los tiempos, analistas certeros, intérpretes de la realidad, visionarios, hombres (y mujeres) justos, prudentes, honestos -como los que buscaba Diógenes en la antigüedad a la luz de un farol- heraldos humildes, autores dignos, artistas que abracen la verdad, intercesores, sacerdotes, pastores, apóstoles, sabios, consejeros y maestros que se identifiquen con nuestros pecados, nos apacienten en los suculentos pastos de la verdad, nos guíen, nos eduquen, exhorten y amonesten, médicos espirituales que diagnostiquen el mal que nos aqueja, consoladores que nos reconforten, cuidadores que venden nuestras heridas, evangelistas virtuosos que prediquen con el ejemplo, predicadores compasivos, realmente tocados por la verdad y la unción, que no se arredren y te confiesen en los medios, la prensa, la radio, la televisión, el cine, las redes sociales, los libros, las aulas, la jurisprudencia, el senado, los cabildos y demás instituciones del Estado; magistrados, como Dionisio el areopagita* y filósofos piadosos, que declaren lo que nos pasa y llamen a las cosas por su nombre, que disciernan, nos anuncien lo que viene, y aconsejen rectamente al pueblo; líderes intrépidos, valientes, que no antepongan su ego ni sus corruptos intereses, sino gente abnegada, auténticos discípulos, seguidores tuyos que se atrevan a renunciar a sí mismos, gente que sepa sacrificarse por los demás, que no se aferre a su vida, ni a su carrera, ni a la poltrona, ni al poder político o económico. Y entre todos ellos, Padre bueno, ten a bien incluirme a mí, para que pueda decir, como San Pablo:

«Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24).

* Dionisio el areopagita fue uno de los primeros conversos de San Pablo en Atenas, miembro del tribunal del Areópago y primer obispo de esa ciudad.

Antonio Pérez Sobrino